Otoño de 2008. Fangoria grabábamos un disco en Londres y mientras desayunábamos en nuestro apartamento del barrio de Mayfair contemplábamos vídeos musicales en la televisión. Había uno que se repetía cada día,
Poker face, el segundo sencillo del álbum
The fame, de Lady Gaga. Con el primero,
Just dance, había conseguido colarse en las pistas de baile de las salas más vanguardistas y en la prensa de actualidad musical. Y aún más importante, comenzaba a acaparar páginas en eso que llaman revistas de tendencias. Las más modernas, para entendernos.
A mí la música me gustaba y la imagen también, así que comencé a prestar atención a sus entrevistas, interesándome por sus declaraciones de principios y por las sorpresas que iba desvelando. Lady Gaga tenía entonces 22 años. Ciertamente, parecía mayor física y mentalmente. Stefani Joane Angelina Germanotta era una italo-neoyorquina que llevaba años pateándose la escena de clubes y pequeñas salas de conciertos con su piano. Incluso formó parte de un equipo de compositores que escriben canciones para artistas pop, como Pussycat Dolls, New Kids on the Block o Fergie. Así que detrás de la impactante imagen había una chica que preparaba sus canciones concienzudamente. Es más, las componía ella misma. Confieso que tampoco me hubiera importado que fuera una marioneta en manos de unos productores, aun así hubiera destacado por una cualidad de la que carecen ese tipo de estrellas prefabricadas: singularidad.